Revista Ultramontano: presentación

Muchas han sido las páginas y los sitios que hemos recorrido y en los que nos hemos sentido huéspedes bien recibidos. La vida y el tiempo fueron apagando unos, diluyendo otros, silenciando este y haciendo desaparecer aquel.

4/9/20243 min read

Muchas han sido las páginas y los sitios que hemos recorrido y en los que nos hemos sentido huéspedes bien recibidos. La vida y el tiempo fueron apagando unos, diluyendo otros, silenciando este y haciendo desaparecer aquel. Hoy volvemos con renovado énfasis a la palestra del pensamiento con esta revista digital, "Ultramontano", que, Dios mediante, buscará también nacer al papel de la imprenta para su divulgación «a la vieja usanza» a través de una selección de sus artículos más interesantes del año.

Leyendo un libro muy difundido en la actualidad, Hábitos atómicos de James Clear —de muy mala raíz doctrinal, pero de grandes aciertos en la observación del comportamiento humano—, encontramos citado un interesante trabajo realizado por psicólogos de Estados Unidos. En él se pone a prueba la conformidad social de la persona por el mero hecho de no querer dejar de pertenecer a un determinado grupo. El estudio relata un experimento realizado con actores entrenados y personas escogidas al azar; estas últimas reciben una respuesta colectiva contraria a algo que resulta enteramente obvio. Ante la afirmación unánime del grupo de actores, el sujeto —sin saber que se trata de un montaje— se ve en completa minoría. Se pondrá nervioso, dudará, volverá a mirar y reflexionará, pero al cabo de un tiempo terminará asintiendo ante aquello que, en lo más profundo de su inteligencia, sabe que es falso. Este fenómeno psicológico-social tiene su razón de ser en el temor a verse excluido de un grupo al que la persona tiene necesidad o deseo de pertenecer.

El amor a la verdad, en este mundo falseado y engañoso nos pone muchas veces en estas circunstancias y solemos asentir con los demás, aquello que vemos como enteramente falso. Tal vez no terminamos negando verdades que son parte de nuestra más profunda cosmovisión, pero terminamos viviendo como viven aquellos de nuestro entorno social que sí la niegan rotundamente. ¿No fue algo parecido lo que ocurrió con muchos católicos que vieron en los años 60 como todo cambiaba en la Iglesia y sin embargo siguieron en el tren por no verse apartados de la parroquia, de los amigos, de la familia? ¿No es acaso esto lo que ocurre hoy en día con mucha ideas "modernas", que son vistas por muchas personas como ridículas, erradas, falsas y sin embargo la fuerza social las lleva a lo menos a asentir con el silencio?

Quien está dispuesto a denunciar los errores, a alzar la voz cuando la confusión reina, a ir a contracorriente con buenas y fundadas razones, las más de las veces será tratado de loco y se lo excluirá de uno, de varios o de todos los grupos sociales a los que pertenece. Así ocurrió con muchos grandes maestros que hoy los tenemos por tales, pero que fueron en su momento expulsados, relegados, despedidos o condenados al ostracismo, que es una de las formas más agudas del destierro moderno. Ese esfuerzo, ese sacrificio que han hecho de no quedarse callados, de alzar la voz ante los disparates de la modernidad, (en estos tiempos, pero también a lo largo de toda la historia), han hecho que hoy nosotros podamos repetir sin miedo y con tranquilidad aquellas verdades que ellos heroica y agudamente defendieron.

Por lo general esas personas no repiten verdades ni alzan la voz para ser reconocidos y premiados sino para comunicar ese fuego interior y ese convencimiento íntimo de que lo que dicen es por el bien de los demás. La verdad que defienden no es para ellos, sino para refutar el error en el que están viendo tropezar a los demás. El bien buscado no está dentro sino fuera de estos quijotes. No gritan para que no los engañen a ellos sino para que otros no sean engañados. Y la historia, maestra de vida, muestra que siempre la respuesta será la acusación, la calumnia, la injusta condena social y las más de las veces perpetrada por aquellos que más entienden que aquello que se predica es verdadero, para que nadie los identifique con esos parias sociales.

A esto, modestamente aspiramos, a ser paladines de aquellos principios innegociables, a defender la verdad sin componendas, a hacerlo sin buscar galardones ni reconocimientos. Sin buscar tampoco enojos ni peleas, pero sabiendo que puede incomodar a muchos el escucharla pregonar de nuestro humilde rincón. Y como sabemos que más temprano que tarde puede que seamos denostados, arrancamos nosotros y nos ponemos el despectivo, —aunque heroico— mote de Ultramontanos.